26 de julio de 2007

Aislado

Hay un tema relacionado con la educación de los hijos que siempre es motivo de charla entre padres y que ronda peligrosamente cosas directamente nocivas o indirectamente corruptas. Me explico mejor: televisión, Internet, videojuegos, películas, música, juegos en general, actividades grupales, etc.

Todos y todos, pasamos durante nuestra infancia momentos de incertidumbre donde aprendimos que de alguna manera no todos pueden tenerlo todo y que lo que el "grupo" conoce por encima de mis capacidades o de lo que mis padres me pueden dar, es motivo de marginación. Así me costaba a mi cuando era chico el no tener televisión y no saber al pié de la letra que pasaba con Margarito Tereré.

Lo que a la distancia se transforma en algo que me distingue como persona y ayudó a definir mi autoestima es una duda latente para muchos padres que me encuentro y que no solo tienen a sus hijos con televisión en el cuarto, sino que les dan acceso a Internet sin control y además se están pensando lo de darle un celular.

Ojo, son todas cosas buenas y ojalá nuestros hijos las utilicen de manera responsable y con límites, eso sería mejor que tener que restringir, sobre todo cuando son adolescentes (no es mi caso). Pero el planteo de más arriba es otro: ¿Tengo que darle a mi hijo lo que me pide (siempre que sea lógico) para que no se sienta marginado entre sus pares?

Y para mi la mejor respuesta a una situación vaga y difícil de determinar es enunciar un principio positivo evidentemente superior, cosa que a veces aburre sobremanera a Bárbara. En este caso creo que más importante que el sentirse marginado por no tener o no saber, es reconocer que en mis limitaciones está mi fuerza, que de alguna manera ese "no ser parte del grupo" es solo un síntoma de que estoy aprendiendo los valores que el día de mañana me va a hacer mejor que el "grupo".

Los padres de adolescentes tempranos sabrán iluminar mejor estas ideas.

PS: linda foto de Kalandrakas

2 comentarios:

  1. Muy buena la reflexión. Y Fijate que justo este domingo, en Misa, la lectura era el Padre Nuestro: Pidan así. Al Padre. Los hijos.
    Y en nuestro caso, oh coincidencia, no pude menos que pensar en lo que posteas. Creo que lo que les demos importa, más que por el objeto del deseo (berrinche aparte), porque la respuesta enseña también a pedir.
    Creo que aquellos que no pueden negar absolutamente nada a los hijos, dejan pasar la ocasión de enseñarles a pedir.
    Y cuesta.
    Un abrazo

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  2. Tenés razón, me quedo con lo de aprender a pedir.

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