11 de febrero de 2010

Homilía Cardenal Newman: ¡Velad! - La oxidación del alma

Ayer, caminando peligrosamente a casa fuí leyendo de nuevo la Homilía Cardenal Newman: ¡Velad! . Lo de caminando peligrosamente viene a que tengo la habilidad de caminar y leer a la vez, posiblemente por mi astigmatismo y un conocimiento depurado del terreno y las calles que cruzo.

Eso, que venía caminando y leyendo, y un párrafo entre todos me llamó la atención:
El hálito del mundo tiene un peculiar poder para lo que podría llamarse la oxidación del alma. El espejo dentro suyo, en lugar de devolver el reflejo del Hijo de Dios su Salvador, exhibe una imagen pálida y descolorida; y de aquí que disponen de mucho bien dentro suyo, pero sólo está ahí, dentro suyo—esa imagen no los atraviesa, no está a su alrededor y sobre ellos. Sobre ellos se encuentra otra cosa: una costra maligna. Piensan con el mundo; están llenos de las nociones del mundo y de su forma de hablar; apelan al mundo, y tienen una especie de reverencia para lo que el mundo tiene que decir. En esta gente uno encuentra ausente una cierta naturalidad, una sencillez y una aptitud infantil para ser enseñados. Resulta difícil conmoverlos, o (lo que podría decirse) alcanzarlos y persuadirlos para que sigan un rumbo recto en materia religiosa. Se apartan cuando uno menos lo espera: tienen reservas, hacen distinciones, formulan excepciones, se detienen en refinamientos, en cuestiones en las que al final no hay sino dos lados, el bueno y el malo, la verdad y el error. En tiempos en que deberían fluir cómodamente, sus sentimientos religiosos se traban; en su conversación, o bien se muestran tímidos y nada pueden decir, o bien parecen afectados y tensos. Y así como el óxido corroe el metal y se lo devora, así el espíritu del mundo penetra más y más profundamente en el alma que alguna vez lo dejó entrar. Y así parece que este es uno de los grandes fines de la aflicción, esto es, que frota, raspa y limpia el alma de estas manchas exteriores y en alguna medida la mantiene en su pureza y luminosidad bautismal.

¡Qué análisis tan fino de nosotros, católicos bien formados y llenos de noticias! Sabemos lo último de la deshaución de Melani o de la extremaunción de Kirchner, pero aparte de noticias no tenemos nada en el corazón. El día que resuenen las trompetas vamos a estar más preocupados en saber si Bertone esto o Fisichella lo otro, si el Opus tal y los jesuitas cual, en cuestiones aparentemente graves pero que a la larga son nuestras excusas para no mantener la llama encendida.

Pertenesco por defecto propio al catolicismo papelera de reciclage: tengo un montón de información y detalles a la par de una formación ecléctica y autodidacta en constante protesta. Pero de Santidad ¿Cómo andamos?
A remojar las barbas y no dejarse adular por algunas virtudes y avances espirituales.

1 comentario:

  1. espectacular la homilía! me sumo a la reflexión que haces. En resumen, gran post. También me toco de cerca y es algo que ya me había planteado varias veces... calculo que es una de esas tentaciones que joden todo el tiempo y no creo que sea nada fácil desterrarla.
    Pasando a otro tema, acordate que leyendo mientras caminabas en tu infancia, te atropelló un auto! tene mas cuidado donde lees porque te vas a perder la oportunidad de aplicar las homilias, jaja.

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