Cuando estuvo M de visita en casa tuvimos una charla acerca del voto práctico. M sostenía que el no quiere tirar su voto y hacerlo algo práctico para lograr: “cambiar un poco las cosas, porque no podemos dejar que estos atorrantes se sigan afanando todo…”. En gran parte estoy de acuerdo con él de que uno se ve tentado por hacer de su voto una herramienta para trabajar el sistema político que Dios nos puso en manos.
Pero yo, que hace años aplicaba estos conceptos, me considero un desertor del “voto práctico” hacia lo que llamaría “voto moral”. Mi voto es ante todo una opción moral y no puedo dar mi aval a una corriente política que se declara directamente contraria a valores “no negociables”.
Una decisión de ese tipo hace saltar inmediatamente dos cuestiones de índole práctica que los cultores del voto práctico han llamado en auxilio para fundamentar su decisión de hacer del voto una herramienta.
- ¿Y cuáles son esos valores no negociables?¿Cómo los definís?
- ¡Pero entonces tu voto no vale nada, no tiene sentido votar! -
Bueno, eso es otra historia y excede el tema, si hablo con un cultor del voto práctico entonces debería lograr que la conversación se circunscriba al valor moral del voto. La diferencia no está en el resultado de la votación, en si me anulan el voto o si soy un mediocre que se escuda en oscuros “no negociables”, la diferencia entre un voto practico y uno moral está en la identidad misma de los dos sistemas.
Lo que si no pueden masticar ni el uno ni el otro es el hecho de que votar sea obligatorio, eso si que es indignante.
Bueno, este post debería documentarlo más -leí mucho acerca de lo correcto o no del malminorismo- pero lo dejo así porque expresa el esfuerzo que voy a hacer este año al votar y para que M vea claro donde pongo el punto en la i.
