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No trabaja en el barullo, ni en la dicharachera

 A cuenta del Evangelio del domingo:

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 

Mc 7, 31-37

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "¡Effetá!" (que quiere decir "¡Ábrete!"). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: "¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

Vean que Nuestro Salvador aparta al sordomudo " Él lo apartó a un lado de la gente..." para curarlo. 

Me detengo a hacer un poco de catarsis por la pésima homilía de nuestra parroquia, una quasi herética homilía de la cual tuve que desconectar mientras miraba que no tuviese impacto en mis hijos adolescentes.

Cristo aparta y cura en la intimidad, en el silencio. Cristo cura con la mirada "dans le blanc des yeux" propia de los que aman. Cristo no cura en el bochinche, en el barullo o la dicharachera; por eso no hay que aplaudir en frente al altar donde se acaba de inmolar el más cordero de los inocentes corderos.

Siempre recuerden esto y díganles a sus hijos: "Cristo no solo muere para salvarte, también lo hizo conmigo y yo no sería yo si no fuese por él".



Homilía para Sunchales y para el primer Domingo de Cuaresma

El Padre Alejandro Sola nos despedía ese Domingo de hace dos semanas y justo tuve la suerte de escucharle esta homilía que habla de Sunchales.

En el momento pensé que había desviado su atención de las Tentaciones de Cristo, pero el resultado no es malo y conseguí la versión digital que vale la pena compartir.

Muchas gracias Alejandro Sola un vicario de Sunchales que nos acercó a todos un poco más al Cielo.

El Evangelio de este primer domingo de Cuaresma nos muestra a Jesús que decide entrar en el desierto; en esta realidad tan particular en la que el ser humano experimenta su pequeñez, su necesidad. El desierto le devuelve al hombre la conciencia del valor de las cosas pequeñas (por ejemplo: del valor que tiene un simple vaso con agua). El desierto invita al despojo de todo lo accesorio y a poner la mirada en lo que es esencial para la vida.

Jesús, desprendido de toda otra seguridad, se deja guiar y conducir por el Espíritu Santo a través del desierto. Esta es la misma invitación que se nos hace a todos los cristianos en este tiempo de Cuaresma: “dejar de lado” lo que no sea de Dios y “dejarnos conducir” por Dios, para que Él haga su obra maravillosa en nosotros.

Jesús no sólo se sometió a la aridez del desierto, sino que también experimentó la tensión del combate interior, de la lucha contra la tentación… Tentación a la que se ve afectado todo ser humano.
En el Evangelio aparecen tres tentaciones.

La primera, la tentación de encerrar la vida en el límite de ciertas cosas materiales que no nos dejan ver más allá; la segunda, la tentación del poder como ejercicio de dominio y sometimiento; la tercera, la tentación de la apariencia y la vanidad que no son sino dos síntomas de una vida interiormente vacía.

Tentaciones, todas ellas, que hoy se siguen reeditando.Jesús atravesó el desierto y enfrentó la tentación para preparar su misión. Un pueblo, Israel, lo estaba esperando. Jesús se dirigía a esta comunidad que había sido enriquecida con muchos talentos y dones; pero que estaba necesitada también de una conversión profunda.

En esta Cuaresma Jesús quiere volver a atravesar el desierto para llegar hasta Sunchales… a este pueblo rico en dones y también necesitado de conversión. Al modo de Jesús, como comunidad, debemos dejar que el Espíritu Santo nos guíe para desarrollar nuestros talentos y para enfrentar las tentaciones que hoy nos desafían.

Dios ha bendecido a Sunchales con muchas riquezas naturales y espirituales; con una comunidad dinámica y emprendedora que ha sabido tejer, a lo largo de los años, una importante red entre personas e instituciones. Una comunidad donde puede apreciarse el testimonio de personas que entregan su vida a los demás en lo escondido de cada día: matrimonios que luchan por llevar adelante su hogar; padres que se sacrifican con esfuerzo por el bienestar de sus hijos; abuelos que dedican su tiempo de modo generoso para el cuidado de sus nietos; jóvenes que trabajan y estudian, y que además participan en instituciones intermedias, ONGs y en la misma parroquia… Laicos comprometidos con su fe que buscan crecer en su formación y espiritualidad. También se destaca una sensibilidad especial por el culto y la adoración eucarística.

Dios ha derramado el trigo de su gracia en nuestra tierra, y ha encontrado un suelo fértil. Claro que, junto con el trigo, también crece la semilla de cizaña. Frente a la obra del Espíritu hoy vuelven a agazaparse, reactualizadas, las tentaciones que sufrió Jesús.

La tentación del consumo desenfrenado… del querer acaparar cosas. De pensar que, a través de ellas, seremos mejores o más felices. No es malo el empeño por conseguir cosas que mejoren las condiciones materiales de vida; pero Dios nos invita a levantar la mirada, a no quedarnos sólo ahí. El materialismo consumista nos anestesia y nos enclaustra.

Nos anestesia de la belleza y del gozo que provienen de tantas realidades “gratuitas”: del disfrutar de un atardecer, o de la charla con un amigo; del compartir un tiempo en familia; o de la paz profunda que brota del encuentro íntimo con Dios en un rato dedicado a la oración. Y decimos que, además de “anestesiarnos”, nos “enclaustra”. Esto es, nos encierra en el egoísmo, en la espiral del pensar y del retener sólo para uno… en reducir la realidad a mi pequeño mundo; a mi pequeño “yo”; a la pequeñez y mezquindad de “mis” intereses, de “mis” aspiraciones, de “mi” conveniencia… El “otro” se diluye de mi horizonte y, en todo caso, se lo rescata cuando es funcional.
Aparece agazapada también la tentación del poder. Es bueno que se invierta, que se proyecte y que se lleven adelante muchas obras en nuestra comunidad. Pero la concentración de riqueza y de poder en pocas manos nunca será saludable. Una sociedad que, progresivamente, ata su destino al de una empresa de servicios, al de una fábrica o al de un sindicato se vuelve vulnerable. Vulnerable a la buena voluntad o no de aquellos que detentan el poder que, a la vez, pueden fácilmente caer en la tentación de ejercer influencias indebidas. Vulnerable en las instituciones más pequeñas que pueden acostumbrarse a depender del más grande. Esto termina atrofiándolas: atrofia su autonomía, atrofia el desarrollo de sus propias potencialidades y de su creatividad, atrofia la conciencia y el sentido del valor de aquello que se obtiene con el propio esfuerzo y sacrificio.

La concentración va en contra mano de la cooperación… y Sunchales corre el riesgo de deslizarse del “cooperativismo” al “corporativismo”. De esta manera su ser cooperativista puede quedar reducido a una etiqueta; como una fachada sin contenido real.

Acecha entre nosotros también la tentación del vacío y del sinsentido de la vida. Vacío de afecto, vacío de espiritualidad, vacío de amor… que intenta ser llenado, inútilmente, con el alcohol, la droga y el sexo desordenado. No podemos mirar para el costado ante las realidades de adicción que se van multiplicando entre nosotros, entre personas de distintas edades y de distintas condiciones sociales. Al vacío de afecto y espiritualidad se suma la falta de escrúpulos de aquellos que negocian con la necesidad. De aquellos que montan mercados clandestinos de droga, alcohol y prostitución.

Es difícil imaginar, pero existen personas que se dedican a pensar, a invertir tiempo y dinero en diseñar logísticas y en crear estructuras que destruyen al prójimo. Estas personas son verdaderos “mercaderes de la muerte” y tendrán que dar cuenta ante Dios por la gravedad de sus actos.

Frente a esta realidad, el Señor nos llama a descubrir el valor que tiene nuestra vida; a estar atentos ante el hermano que está necesitado de un gesto, de una palabra, de un abrazo… Estos actos concretos de amor son los que rescatan del vacío y del olvido; son actos que devuelven vida.

Por último, también en nuestra comunidad cristiana acecha la tentación de los chismes, los celos, los malos entendidos, de las pequeñas riñas que desgastan. ¡Cuánto tiempo y energía se va en esto! El Señor espera de nosotros que pongamos toda nuestra fuerza, nuestras ideas y nuestro entusiasmo al servicio del anuncio del Evangelio. Que estemos atentos, no para juzgar y condenar, sino para acompañar a tiempo al sufre, al que está solo, al que fue marginado.

Así nuestra fe, nuestro anuncio de un Dios que es amor, será creíble para quienes hoy están lejos.

En este tiempo de Cuaresma, en este Año de la Fe, pidamos la gracia de una renovación profunda del corazón que nos ayude a reconocer y a potenciar nuestros dones y talentos; que nos dé valentía y audacia para enfrentar los desafíos y tentaciones de nuestro tiempo.

Pidamos, en todo, ser servidores y testigos del Evangelio. Pidamos que todo, en nuestra vida, sea para gloria y alabanza a Dios, y bien de nuestros hermanos.

Homilía Cardenal Newman: ¡Velad! - La oxidación del alma

Ayer, caminando peligrosamente a casa fuí leyendo de nuevo la Homilía Cardenal Newman: ¡Velad! . Lo de caminando peligrosamente viene a que tengo la habilidad de caminar y leer a la vez, posiblemente por mi astigmatismo y un conocimiento depurado del terreno y las calles que cruzo.

Eso, que venía caminando y leyendo, y un párrafo entre todos me llamó la atención:
El hálito del mundo tiene un peculiar poder para lo que podría llamarse la oxidación del alma. El espejo dentro suyo, en lugar de devolver el reflejo del Hijo de Dios su Salvador, exhibe una imagen pálida y descolorida; y de aquí que disponen de mucho bien dentro suyo, pero sólo está ahí, dentro suyo—esa imagen no los atraviesa, no está a su alrededor y sobre ellos. Sobre ellos se encuentra otra cosa: una costra maligna. Piensan con el mundo; están llenos de las nociones del mundo y de su forma de hablar; apelan al mundo, y tienen una especie de reverencia para lo que el mundo tiene que decir. En esta gente uno encuentra ausente una cierta naturalidad, una sencillez y una aptitud infantil para ser enseñados. Resulta difícil conmoverlos, o (lo que podría decirse) alcanzarlos y persuadirlos para que sigan un rumbo recto en materia religiosa. Se apartan cuando uno menos lo espera: tienen reservas, hacen distinciones, formulan excepciones, se detienen en refinamientos, en cuestiones en las que al final no hay sino dos lados, el bueno y el malo, la verdad y el error. En tiempos en que deberían fluir cómodamente, sus sentimientos religiosos se traban; en su conversación, o bien se muestran tímidos y nada pueden decir, o bien parecen afectados y tensos. Y así como el óxido corroe el metal y se lo devora, así el espíritu del mundo penetra más y más profundamente en el alma que alguna vez lo dejó entrar. Y así parece que este es uno de los grandes fines de la aflicción, esto es, que frota, raspa y limpia el alma de estas manchas exteriores y en alguna medida la mantiene en su pureza y luminosidad bautismal.

¡Qué análisis tan fino de nosotros, católicos bien formados y llenos de noticias! Sabemos lo último de la deshaución de Melani o de la extremaunción de Kirchner, pero aparte de noticias no tenemos nada en el corazón. El día que resuenen las trompetas vamos a estar más preocupados en saber si Bertone esto o Fisichella lo otro, si el Opus tal y los jesuitas cual, en cuestiones aparentemente graves pero que a la larga son nuestras excusas para no mantener la llama encendida.

Pertenesco por defecto propio al catolicismo papelera de reciclage: tengo un montón de información y detalles a la par de una formación ecléctica y autodidacta en constante protesta. Pero de Santidad ¿Cómo andamos?
A remojar las barbas y no dejarse adular por algunas virtudes y avances espirituales.