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Mostrando las entradas de octubre, 2021

Oración para la jubilación de un obispo

Ayer tocó rezar al cielo por el natalicio de nuestro obispo Luis, para pedirle a Dios lo tenga en salud y lo ilumine para dejarnos tener la Eucaristía en su forma más reverente y no en nuestras manos llenas de bacterias y virus.


Bien lo pedíamos en ¿Qué le pediría…

Con sus 75 años, su reverendísima excelencia se hace acreedor del derecho a renuncia, algo propio de estos tiempos y que entendemos va a darse en los próximos días para ser reemplazado por un nuevo obispo, un coadjutor o una sede vacante hasta que el Papa Francisco nos regale un nuevo sucesor apostólico.

Cabe acotar que no nos hacemos ilusiones, pero pedimos que la Providencia nos envíe un santo pastor que nos confirme en la Fe y nos allane el camino al Cielo.

Santísima Trinidad, un solo Dios, venimos hoy a rezar ante tu Santo Altar para pedirte por tu Obispo Luis.

Dale una vida larga y santa luego de su jubilación, que los años que le quedan sean años de buen combate y de lengua afilada para cantar el Evangelio entre sus fieles.

Danos pronto un santo, mártir y nuevo obispo, ilumina los corazones de aquellos que tienen que elegirlo para que podamos recibir un pastor que ame a la Iglesia, te adore en la Eucaristía y sea un hijo dilecto de la Virgen María.

Amén

Como la Cabeza, el Cuerpo

Dice Eduardo: en “La cabeza y el cuerpo” que pueden encontrar en Apuntes sobre la Fe /II

Más allá de cualquier explanación y comentario, los textos están en los Evangelios; especial pero no únicamente, en los discursos de despedida que Jesús dice en torno a la Última Cena.
Lo dicho a partir del capítulo 12 y hasta el 17 del Evangelio de san Juan, el amado, es una sucesión de analogías, similitudes, casi identidades, propiedades transitivas entre -digámoslo así- la Cabeza y el Cuerpo y, por cierto, entre el Cuerpo y el Padre. Todo ello fundado, como lo hace allí Jesús, en las relaciones que Él tiene con el Padre por ser Jesús quien es y en su carácter de Mediador y hasta de signo o icono del Padre, como se ve en sus respuestas a los apóstoles en esos capítulos.
Lo que ahora me importa subrayar, sin embargo, es lo que allí se me figura como un punto central: Lo harán con ustedes, porque lo han hecho Conmigo. Tal será la vida del Cuerpo, como ha sido la vida de la Cabeza.
Es un principio simple, pero decisivo. Y aplicable, según y conforme, a cualquier asunto en el que se busque o se dirima el sentido de lo que se ve en la historia, y el propio sentido de la historia. Y no porque sí.
Toda -y digo enfáticamente toda- cuestión que implique el sentido y la acción del cristianismo, incluso el curso histórico de la cristiandad, se ve a la luz de esta relación tan íntima como mística entre el Cuerpo y la Cabeza, que también tiene un aspecto central en la continuidad eficaz que le encomienda la Cabeza al Cuerpo, hasta que vuelva.
Yo lo entiendo como la mecánica infra histórica que va a hacer que la Iglesia de Cristo, en algún momento, pase por su Getsemani, su Sanedrín, su Gólgota y su Cruz.

El texto de Eduardo debo haberlo leído hace años, pero no era un tema álgido para mí, no lo refrendaba como un aspecto de mi vida espiritual en el cual tuviese que mojar las barbas. De una manera bien pragmática mi entorno cercano si lo ve y reza todos los días para que así sea y rápido: “Ven Señor Jesus… y de paso devolvés la justicia a este mundo loco”.

Yo soy más de “Resignación

Llamo resignación a un estado espiritual más dichoso que la esperanza optimista del éxito presente (I call resignation a more blessed frame of mind than sanguine hope of present success) porque es el más verdadero y el más coherente con nuestro estado de naturaleza caída, el que más contribuye a corregir el corazón; y porque es aquel por el que se han distinguido los siervos de Dios más eminentes. […] Mirad la Biblia, y veréis que los siervos de Dios, aunque comenzaran con éxito, terminan decepcionados. No es que la causa de Dios y sus instrumentos fallen, sino que el momento de cosechar lo que hemos sembrado es el más allá, no aquí; a lo largo de su vida, aquí abajo ningún hombre verá mucho fruto.

Parochial and Plain Sermons 9, t. 8, del 12 de septiembre de 1830.