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Contra los árboles de Sunchales

Leía Nacimiento del aire con una nostalgia muy especial, por ser hoy Sunchales parte del último verso:

Mientras somos aquí,
el aire nace.

Y somos.


Lejos de aquí, ya no seremos

¿Por qué? Porque en Sunchales el aire de agosto no tiene aromos, ni pinos, ni álamos, menos lagunas con sus sauces; ni tan siquiera paja vizcachera donde refugiarse y oír. Lamentablemente Sunchales es tierra de tambos, de trabajo, de gringos que quieren cemento en todos lados. Pueblo que pasa mal el otoño debido a que las hojas de los pocos y fétidos fresnos que hay en la ciudad, intentan dejar sus marcas y hay que barrerlas.

En fin, que le vale poesía para esta nostalgia del árbol.

Hay un camino bien corto y la rutina
va de casa, con su siempre verde
y en quince minutos proto urbanos
llega a casuarinas incipientes.

En el camino casas bajas, cemento
restos de eucaliptos castigados
y a la vera del campo santo,
también algunos fresnos tristes y pelados.

Sunchales y sus árboles dan pena
pena del recuerdo de ese viento
viento del sur en los aromos
viento del sur, de Pillahuinco.

Lo que pudiera dar en este mundo
por caminar más una vez, joven
el bosque de álamos blancos de allá abajo
los ciruelos y los crata de caballos.

Eternos pinos, robles flacos
sauces, guindos y cerezos
cada uno con su viento y su reclamo
cada uno con su silbo y su reclamo.

El consuelo lo trae el club de rugby
con sus veinte pinos disruptivos
meten bulla en la cruel monotonía
de los árboles minables de Sunchales

Recuerdo de Navidad

...o de como se celebraba Navidad en casa de los abuelos.

Esto tiene que estar en el blog, y va a ser linkeado a Laxague porque forma parte de la herencia :-)
Me acordaba ayer mientras calmaba a Santi, que se tiró agua caliente del mate en la mano, de como eran las navidades en Pringles, en casa de Aitachí y Amachí.

La primera diferencia con la típica Navidad argentina era que no había árbol, solo estaba el pesebre alojado en la chimenea del living, rodeado de gran cantidad de ovejitas y adornado con ramas de pino par darle más realismo a la escena.

La noche del 24 dejábamos a disposición de Pinete un zapato para que pudiese organizar el living con los regalos de todos los presentes. Mientras nosotros íbamos a misa de 8, manos misteriosas acondicionaban el living y cerraban (¡por única vez en el año!) las cortinas de la puerta de entrada.

Llegados de la misa del Padre Grande o del Padre Melchior, nos alineábamos frente a la puerta del living en estricto orden de edad y después de interminables minutos, nos permitían acceder en ordenado ingreso, para que cada uno fuese a buscar su zapato y sus regalos.

¿Para abrirlos? ¡Nooooo!, ni caso. Era el momento de cantar unos villancicos (en francés, en el original) y hacer una breve oración. No se realmente lo que nos impedía en ese momento abalanzarnos sobre los regalos, lo que recuerdo claramente es que justo a los menores se nos ponía lo más cerca posible del pesebre, y que la ansiedad era grande.

Una vez concluido el breve suplicio, hacíamos la señal de la cruz más rápida del año y empezábamos a desenvolver con mucho cuidado cada regalo, no era cuestión de romper el envoltorio "qui sert pour l'anné prochaine" ("Que sirve para el año que viene").

Todo esto no debía durar más de 20 minutos, ese día era uno de los pocos en los cuales nos dormíamos después de las 22:00 y solo algunos outsiders se quedaban hasta las 12:00 de la noche para brindar con una sidra.

Creo que esta Navidad distinta nos enseñó a todos a reconocer que el rey de la noche no era el regalo, era Jesús en el pesebre y que tener algo nuevo solo era una escusa. Este año esperamos recrear lo mejor posible estos ritos en casa de los viejos, para ver como Inés (que ya empieza a entender mucho más) vaya mamando la verdadera Navidad.

¿El gordo rojo de Coca Cola? No lo conocíamos, a Dios gracias.