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Don Elio al 30 06

 “UNRWA comunica que en la madrugada de hoy dos barcos de la flota de la salvación tuvieron problemas en su cruce del meridiano 45. Lamentablemente se perdieron las tripulaciones y el pasaje, 4602 refugiados más no van a poder llegar a las costas de Claromecó.

Se trata del carguero A445-UNWHAR y del barco A466-PSOE que chocaron entre sí en alta mar y provocaron el accidente del cual no se tienen datos todavía. Unwhar y sus socios PSOE, OXFAM y ACNUR están llevando adelante una investigación profunda para determinar las responsabilidades.

El resto de los barcos de la flota sigue su curso y se espera que este primer viaje avance sin problemas, se puede seguir el avance de cada unidad en el sitio web de acnur.org.”

El lacónico comunicado era menos dramático de lo que hubiese podido imaginar cualquiera de los augures ultra derechistas que despotrican contra la inmigración. La realidad siempre es más triste que un cuento. Una flota de múltiples barcos comanditada por socialistas y comunistas de Europa traía multitudes del África septentrional a las costas de Claromecó. El objetivo era alcanzar los 17 millones de inmigrantes de África en Argentina, para resolver una hambruna crudelísima entre los musulmanes de aquel continente y evitar un nuevo flujo de invasores en Europa.

Podríamos contar largo de las distintas peripecias del viaje, un viaje en el cual se perdieron barcos enteros y a lo largo del cual afloró toda la mediocridad del pueblo argentino, que sabía que la invasión era inminente en sus costas, pero prefirió vaciar la ciudad donde iban a encallar los primeros enviados y dedicarse al análisis de los partidos del Mundial de futbol de ese año. El azar de las corrientes marítimas, del viento y del calado de los barcos empujaba fatalmente los primeros barcos de la flota con destino a Claromecó.

Nadie lo estaba viendo, pero en las playas de arena fina, batidas por unas olas discretas con viento del este, un observador avisado podría haber distinguido dos figuras humanas Igualmente oscuras; una más menuda y frágil y la otra escultural imponente y algo venida en peso. Estas dos figuras humanas en la playa tenían los ojos puestos en el mar, en las primeras formas de los barcos que estaban por arribar y encallar allí mismo. Tampoco nadie los iba a ver desde los barcos, dentro de ellos todo era caos, violencia, abusos y una extraña sensación de haber vuelto a la vida primitiva. Miles de almas encerradas en el en latas gigantes, pugnaban por sobrevivir 1 hora más a la espera de llegar a la costa y a la tierra prometida.

Tampoco en Claromecó quedaba nadie para mirar a nuestras dos figuras de la playa, la ciudad había sido abandonada y todo el mundo se había refugiado en casas de parientes o amigos en Bahía Blanca, en Coronel Pringles, o Tres Arroyos; los más afortunados habían logrado escapar hasta Buenos Aires. La ciudad estaba completamente vacía, con puertas abiertas, negocios abandonados, sin energía eléctrica y dispuesta a ser saqueadas por los recién llegados.

La figura menuda y frágil era un hombre de unos 29 años, en su parroquia de Lomas de Zamora lo conocían como Padre Fabián y era hijo de clase media de empleado público. En su formación sacerdotal había pasado por los peores seminarios de la capital, hasta llegar a su ordenación y su asignación como vicario en lo más profundo del conurbano. Como sacerdote era un sacerdote moderno más, no solía utilizar ninguno de los atributos de su posición y movido por algún apetito intelectual y alguna curiosidad caritativa se había despedido de sus feligreses y emprendido el camino a Claromecó aprovechando la caridad que le daban los camioneros al borde de la ruta. Quería llevar la buena noticia a los recién llegados. Una lluvia artera lo había perjudicado el día anterior, y cuando llegó a la parroquia lo único que encontró fue el templo vacío, abandonado por su párroco, y una vieja sotana raída que le iba grande, pero que era lo único vestible y seco del lugar. Movido por el frío y la urgencia se había puesto la sotana y tomó rumbo a la playa.

Se sentía raro en ese atuendo, nunca lo había usado antes, caminar era como hacerlo con un vestido de mujer. A pesar de estas reflexiones interiores, se dirigió a la playa porque las primeras formas de los barcos se empezaban a dibujar en la bruma del horizonte. Caminaba a paso lento, dudando, lleno de cavilaciones, tratando de repasar las reflexiones que lo habían llevado a 700 km de su casa.

La figura corpulenta era también un hombre, Elio Nazar su nombre, era de una naturaleza totalmente distinta a la del Padre Fabian, se trataba de un camionero de Claromecó, padre de tres varones y conductor de una unidad de la empresa Los Faisanes desde hacía unos 22 años. Ya bien entrado en kilos y pasados los 50 años, vestía la ropa negra oscura y sin colores de su oficio, tapaba una prominente barriga con una remera enarbolando un músico nacional del rock profundo. En sus manos llevaba un fusil, era aficionado a la caza del “chancho jabalí” y estaba preparado a todo. Hablaba y fumaba ampulosamente al lado del Padre Fabian.

-          Usted Padre, haga sus cosas, que yo me ocupo de defendernos de estos visitantes…-

          No sé si hace falta, mejor sería que vuelva a su casa –

-          Acá no hay casa, no hay familia, nada, solo quedamos usted y yo y esos que vienen en los barcos. Yo voy a estar al lado de usted hasta el final, me importa una m… que todos los maricones estos de los políticos se hayan borrado. ¡Acá hay que defender a la patria! ¡Acá queda un argentino! –

Don Elio era un torrente de agitación, palabras y humo de cigarrillo, mientras hablaba se encargaba de preparar cargadores y municiones de calibre 30 06 para el rifle. El contraste no podía ser mayor con la frágil figura del Padre Fabian que a su lado parecía una caña movida por el viento, que lo único que, solo atinaba a tomar en su mano izquierda una pequeña cruz sin Cristo y a reflexionar profundamente en lo que estaba pasando.

Los barcos estaban cada vez más cerca, se empezaban a distinguir sobre las cubiertas algunas formas humanas y pinchos con forma de flecha en manos de algunos de los visitantes.

-          Mire Padre, esos hijos de p… están armados, ¡Vienen preparados! ¡Hay que detenerlos a esos maulas, tanto que los mandaba Unicef como refugiados, resultaron un malón de gente mala al grito de “huinca matando”!.. -

La catarata de improperios era interminable, mientras articulaba sus ideas Don Elio tiró un tiro al aire de advertencia. Desde el primer barco, el B642-Unidas, le respondió una pequeña cantidad de flechas de arcos bosquimanos que apenas logró clavar alguna en la arena.

Lo último que hubiese podido testimoniar un observador imparcial hubiese sido la marea de gente bajando de los barcos mal encallados, algunos de ellos escorando y tomando agua entre las olas. Esa marea informe, caótica y voraz se hendía en el medio donde un sacerdote mal vestido con una sotana que no era de su talle, bendecía y bautizaba con palabras dulces a rostros sin expresión que lo miraban un segundo con asombro, para luego perderse en la avalancha. A su lado un energúmeno gigante, profiriendo epítetos de todo color, disparaba un arma sin control abatiendo a aquellos que trataban de matar al sacerdote.

La marea de Claromecó había tocado tierra, nadie recuerda hoy a Don Elio y al Padre Fabian.



Otros cuentos

En el año 2004 Inés contaba en este blog el cuento del Pricipe Anselmo, hace unos días –preocupados como estamos con el tema de la televisión- empezamos a contarles cuentos a los chicos con estrictas consignas de no interrumpir, consignas que son casi imposibles de cumplir para Pomi
De los cuentos de estos días están las versiones orales y me comprometo a hacer las escritas porque las peculiaridades son muchas y me gustaría reciclar cuando –llegado el caso-, se agote el repertorio.
Les dejo la lista tentativa entonces, a lo mejor le son de utilidad a alguien.
  • Biquette de Monsieru Seguin, con un lobo aterrador y una noche que se cierne sobre la imprudente biquette.
  • El del bebé elefante curioso basado en el cuento de Rudyard Kipling, The elephant child (“l’enfant d’elephant en francés).
  • Carlos Cranc que plantaba árboles en la montaña contra toda esperanza.
  • Peruni y Mar, embajadores de Perunia en el reino de Barbapapa y de como al dar vuelta el pescado en el plato son condenados a muerte y se salvan planteando al rey un acertijo insolucionable que evidencia sus vicios.
  • Chapuic el Lapon, que todavía no les conté pero que avanza en su versión escrita.

El Príncipe Anselmo

El otro día Papá me contó un cuento:

Había una vez un príncipe que sa´lió de viaje, se fue muy lejos porque quería encontrar mujer para casarse. Viajó a caballo (tacatac tacatac tacatac) en tren (sh sh sh sh sh chuuuuuu) y en auto (vrmmmmm vrmmmmmm pipi) hasta que llegó a un pueblo muy lejano donde había una plaza con un cañón, igual a la plaza de Sunchales.

Después se fue a un supermercado y compró un montón de cosas: bananas, papas, chocolates, merengadas, tita, rumba y amor, pan y muchas cosas más y las puso en una bolsa muy grande.




El Principe haciendo el anuncio



Con la bolsa, que llevaba uno de sus pajes, se fue a la plaza y parándose sobre el cañón empezó a pregonar a viva voz: "Soy el Prí­ncipe Anselmo y quiero casarme, para la que sea elegida tengo esta bolsa gigante con muchas cosas ricas, inscrí­banse en el formulario que está en mi sitio web".

Repitió muchas veces su propuesta y las chicas cazaderas de la ciudad se fueron acercando (porque el Príncipe estaba bueno) y muchas llenaron el formulario donde tení­an que poner sus datos: el nombre, el apellido, el teléfono, la dirección de mail y al final tenían que llenar un campo que decí­a "Porque quiero casarme con el Prí­ncipe".

En este último campo las chicas iban poniendo sus motivos:

"Porque soy la más linda y loca del pueblo"

"Porque mi papá¡ y mi hermano tienen siempre hambre y necesito la bolsa"

"Porque soy la más buena"

Entonces el Príncipe empezó a recorrer la ciudad en busca de la mejor chica, iba golpeando las puertas y los timbre, en algunos golpeaba "knock knock" , en otros habí­a timbre "Riiiiing riiiiing" y en otras campanas "ding dong".

Pero el prí­ncipe se casó al final con la que habí­a puesto la mejor respuesta: "Quiero casarme con el príncipe porque me parece una buena persona" y fueron muy felices.

Creo que Papá¡ lo tuvo que recortar porque Mamá¡ querí­a que duerma, pero a mi me encantó, sobre todo cuando hací­a los ruidos del tren y de las puertas.