Acreedores de derechos y valores
Roger Scruton, en su libro Cómo ser conservador (Homo Legens: Madrid, 2014), dedica un capítulo a describir la absurda sociedad contemporánea en la que todos se consideran acreedores de un sinnúmero de derechos sin más fundamento que el propio egoísmo, capricho o patología. Estas pretensiones se han convertido en los últimos años en un fenómeno arrollador, imposible de detener, incluso cuando se trata de las “derechos” más descabellados. Una persona con serios problemas de atraso o inmadurez intelectual, tiene derecho a ir a la universidad, y guay del profesor que la aplace, porque le caerán encima todas las reglamentaciones institucionales contra la discriminación, además de la hoguera mediática, y no sería raro que perdiera su trabajo. Un señor que nació hombre tiene derecho a autopercibirse mujer y tener un documento de identidad que lo acredite como tal. Pero no sólo eso: tiene derecho a jugar en el equipo femenino de jockey de su club o a cantar como soprano en el Colón.
Tomo y guardo para mi el primer párrafo de una nota sobre la cual no viví un entusiasmo pristino, pero que me llevó rapidamente a pensar aquella máxima de Darnell T Jhonson:
Desconfía mortalmente de quién promete descubrir tus derechos y desconfía como de Satanás de aquel que vende "valores" sin poder decir rápidamente cuales son.
Y rápidamente estoy pensando ahora acerca del barbijo y su anclaje en el miedo de todos y contra toda evidencia de efectividad. Estoy adelantando la incomprobable teoría de que aquellos que lo usan religiosamente, como un sacramental de esta nueva liturgia de la salud, son bendecidos los primeros con el virus malo y sus consecuencias.
Como dije hace unos años... muchas gracias, paso, ya tengo religión.
Ilustremos con esta maravillosa ilustración que nos comparte el Dr. Lasa
