En la
entrada anterior no cuento mucho acerca de lo realmente importante del viaje a Paraná, tan magno evento requiere algo que se pueda llamar “mis impresiones” y acá van.
La misa fue en un salón grande donde entraban unas 300 personas y fue como ya sabemos, con todos los honores dados a la Eucaristía. Un coro muy lindo, con canciones que hacía tiempo que no cantaba y un sermón del Padre Luis Gonzalez Guerrico que encadenó muy bien los agradecimientos, con las
pintadas del encuentro nacional de mujeres y con el Evangelio. Toda la misa se me pasó volando y me quedé con la frase que ya es costumbre:
"¡Que suerte que tienen de tener estos curas acá en Paraná!".
Después de la misa pasamos a una cena al aire libre que duró unos 20 minutos. Cuando estábamos acomodándonos en nuestros lugares unas gotas traidoras empezaron a mojar y ya nunca pararon por toda la noche. Bromeando mi padrino recordaba que en su ordenación también había pasado lo mismo, una lluvia torrencial y bautismal los había regado a todos. "¡Somos curas llovedores!" decía.
Rápidamente los organizadores tomaron cartas y movieron todas las mesas al interior del salón que minutos antes había oficiado de capilla, ahí empezó junto con la comida una serie de alocuciones. Lo gratificante fue comer en un lugar donde en las paredes hay fotos con héroes de Malvinas, de Castellani y el Padre Escurra.
Luego del plato fuerte arrancaron los oradores que se derramaron en elogios para con los festejados y donde hubo claras referencias a
“hace falta ser muy hombre para ser sacerdote” y a la figura de
Monseñor Tortolo. Hubo tiempo para cantar “cara al sol” y para ver una presentación de PowerPoint con fotos y textos –con algunos problemas de sonido iniciales – donde horrible aparecía el apellido Pincemin con acento.
Los entremeses musicales los sirvieron distintos artistas y arrancaron con una poderosa banda militar de cerca de 30 integrantes que me recordaron mis épocas de tambor en la EAS, emotivo fue el momento de
la marcha de Malvinas donde todos nos pusimos de pié. Dos veces se escuchó la canción de la
madre gaucha mientras mi padrino me contaba como había irrumpido en la capilla de la UCA para poner un coro con órgano y superar la epidemia de guitarras.
Menos mal que de la Hispanidad vibrante de "cara al sol" pasamos rápidamente a asuntos más espirituales porque en nuestra mesa llena de gabachos veíamos venir las referencias históricas de rigor a la invasión napoleónica y un conflicto diplomático y pirenaico. Ces espagnols¡.
Tenía al lado mío a mi tía I que se encargó de pasarme una serie de datos filosóficos que espero volcar algún día por acá, es un pozo de sabiduría. Pero era tarde, después de tantas efusiones los ríos de cerveza y vino hicieron su efecto y la prudencia indicó que la fiesta había terminado para nosotros que teníamos que viajar al día siguiente. Escuchamos las últimas palabras de mi padrino y recibimos su Bendición.
Para mi esa bendición era muy importante, uno de los recuerdos de mi infancia está asociado con fuerza al día de la ordenación sacerdotal de mi Padrino. Ese día una de las cosas más memorables fue arrodillarme frente a él para recibir su bendición, no pensaba irme de Paraná sin ganarme de nuevo ese regalo.
También recuerdo la primera misa donde lo vi a mi abuelo asistiendo y tuve conciencia de que ese era un momento muy importante para ellos dos.
Me guardo los recuerdos del fin de semana con esa mezcla de orgullo y de sana envidia. Son numerosos y rebosan testimonio los católicos de Paraná, esperemos que sean fructíferos en desparramar la fe.