El fin de semana iba a ser de aventuras, la promesa era ir a la Primera Comunión de J a unos 300 km de Ataliva; de modo que tomamos los dos autos y nos fuimos unos 10 para allá. Partimos con promesa de regalos espirituales, una comida suculenta y rutas desconocidas con algún pronóstico de lluvia. Yo había viajado de Reconquista a Ataliva la noche anterior.
¿Por qué tan lejos? Porque allí le era permitido a J tomar su Primera Comunión como es debido, escapando al odio acérrimo de los sacerdotes de Sunchales para la eucaristía recibida de rodillas directamente de las manos del ministro, como en la foto.
Fue una misión que la madrina B tomó como una cruzada propia a la cual los padres de J asintieron y apoyaron armando una agenda que incluía gastos, movimientos, viajes y renuncias sin par.
No será la primera vez que hacemos sacrificios para honrar a Dios como le es debido.
Todo fue como planeado, inclusive el atraso en salir de vuelta porque la madrina B se quedó en larga charla con el Padre Sff que oficia de quasi director espiritual y cuando se juntan le sacan provecho a cada segundo. Esta salida con atraso nos complicó un poco la vuelta a Ataliva que se dio con las primeras gotas de una tormenta amenazante que venía del sur y que pretendíamos evitar tomando la ruta una hora antes.
Yo venía al volante del Clio, bastante cansado por los kilómetros recorridos la noche anterior y la mañana en el viaje de ida. Miraba al sur con aprehensión tratando de escapar del cataclismo porque teníamos un tramo de ruta con mucho bache y rotura. No lo logramos.
Entramos a la ruta más complicada en medio de la noche más oscura y una torrencial tempestad de agua y viento endemoniado. En el Clio liderábamos la caravana y con caímos en el peor de los baches con la consecuencia obvia:
Tal era el cataclismo de agua y viento que tuvimos que esperar al borde de la ruta para que amainara y así poder hacer el cambio de rueda para seguir el camino. Lo logramos con ayuda de Dios, de un paraguas y del buen humor de todos.
En algún momento de la aventura Lucía manifestó su hastío y las ganas de estar en su cama para descansar, me llamó la atención el comentario de Agustín que le recordó que estábamos todos embarcados en el mismo viaje y que había que se pacientes un rato más.
Es notable que dentro de todo lo dramático de la situación, con la tormenta sacudiendo el auto o con la lluvia mojándonos mientras pasaban camiones a toda velocidad a centímetros de nosotros, todos conservaron el buen humor y la alegría. Es una mezcla de madurez de los chicos, de madurez de los padres que ya nos conocemos bien, una dosis de sangre fría masculina y capacidad de sacrificio femenino. Todo junto, todo regado con las gracias recibidas en la Eucaristía de ese día.
Todo para agradecer. Laus Deo.