"¡Señor mío y Dios mío" no lo dice cualquiera
Escuchaba con atención esta homilía del Padre Lofeudo Segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia. ¡Qué bueno que es el Padre Lofeudo!, por mi parte reflexionaba acerca del episodio del Apostol Santo Tomás y de dos aspectos de su testimonio.
A pesar de todas las evidencias racionales y el testimonio de los demás apóstoles, Tomás niega la realidad y se la da de científico racional:
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Obviamente, cuando se encuentra con Jesús, que ataca directamente su pretendida exigencia de pruebas, Tomás sufre una conversión fulminante y se transforma en el primero de ellos en reconocer a Cristo como Dios. Es el primero en manifestar el ser divino de Cristo.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Yo lo que pensaba era que esto es común a los ateos que luego de trabajar excusas y argumentos con color racional, cuando al final se encuentran con Cristo se convierten a su vez en los más dignos y centellantes testimonios de su salvación. ¿No es así? ¿No envidiamos todos a los conversos con su fe sin manchas y su entusiasmo? ¿La novedad que presentan?
Del mismo modo le tiene que pasar a la Iglesia, luego de esta era de frialdad y apostasía debe devenir un encuentro con Cristo y una transformación profunda ¿No? ¿No esperamos eso de la Segunda Venida?
