“UNRWA comunica que en la madrugada de hoy dos barcos de la flota de la salvación tuvieron problemas en su cruce del meridiano 45. Lamentablemente se perdieron las tripulaciones y el pasaje, 4602 refugiados más no van a poder llegar a las costas de Claromecó.
Se trata del carguero A445-UNWHAR y del barco A466-PSOE que chocaron entre sí en alta mar y provocaron el accidente del cual no se tienen datos todavía. Unwhar y sus socios PSOE, OXFAM y ACNUR están llevando adelante una investigación profunda para determinar las responsabilidades.
El resto de los barcos de la flota sigue su curso y se espera que este primer viaje avance sin problemas, se puede seguir el avance de cada unidad en el sitio web de acnur.org.”
El lacónico
comunicado era menos dramático de lo que hubiese podido imaginar cualquiera de
los augures ultra derechistas que despotrican contra la inmigración. La
realidad siempre es más triste que un cuento. Una flota de múltiples barcos
comanditada por socialistas y comunistas de Europa traía multitudes del África
septentrional a las costas de Claromecó. El objetivo era alcanzar los 17
millones de inmigrantes de África en Argentina, para resolver una hambruna
crudelísima entre los musulmanes de aquel continente y evitar un nuevo flujo de
invasores en Europa.
Podríamos contar
largo de las distintas peripecias del viaje, un viaje en el cual se perdieron
barcos enteros y a lo largo del cual afloró toda la mediocridad del pueblo
argentino, que sabía que la invasión era inminente en sus costas, pero prefirió
vaciar la ciudad donde iban a encallar los primeros enviados y dedicarse al
análisis de los partidos del Mundial de futbol de ese año. El azar de las
corrientes marítimas, del viento y del calado de los barcos empujaba fatalmente
los primeros barcos de la flota con destino a Claromecó.
Nadie lo estaba
viendo, pero en las playas de arena fina, batidas por unas olas discretas con viento
del este, un observador avisado podría haber distinguido dos figuras humanas Igualmente
oscuras; una más menuda y frágil y la otra escultural imponente y algo venida
en peso. Estas dos figuras humanas en la playa tenían los ojos puestos en el
mar, en las primeras formas de los barcos que estaban por arribar y encallar
allí mismo. Tampoco nadie los iba a ver desde los barcos, dentro de ellos todo
era caos, violencia, abusos y una extraña sensación de haber vuelto a la vida
primitiva. Miles de almas encerradas en el en latas gigantes, pugnaban por
sobrevivir 1 hora más a la espera de llegar a la costa y a la tierra prometida.
Tampoco en
Claromecó quedaba nadie para mirar a nuestras dos figuras de la playa, la
ciudad había sido abandonada y todo el mundo se había refugiado en casas de
parientes o amigos en Bahía Blanca, en Coronel Pringles, o Tres Arroyos; los
más afortunados habían logrado escapar hasta Buenos Aires. La ciudad estaba
completamente vacía, con puertas abiertas, negocios abandonados, sin energía
eléctrica y dispuesta a ser saqueadas por los recién llegados.
La figura menuda
y frágil era un hombre de unos 29 años, en su parroquia de Lomas de Zamora lo
conocían como Padre Fabián y era hijo de clase media de empleado público. En su
formación sacerdotal había pasado por los peores seminarios de la capital,
hasta llegar a su ordenación y su asignación como vicario en lo más profundo
del conurbano. Como sacerdote era un sacerdote moderno más, no solía utilizar
ninguno de los atributos de su posición y movido por algún apetito intelectual
y alguna curiosidad caritativa se había despedido de sus feligreses y
emprendido el camino a Claromecó aprovechando la caridad que le daban los
camioneros al borde de la ruta. Quería llevar la buena noticia a los recién
llegados. Una lluvia artera lo había perjudicado el día anterior, y cuando
llegó a la parroquia lo único que encontró fue el templo vacío, abandonado por
su párroco, y una vieja sotana raída que le iba grande, pero que era lo único
vestible y seco del lugar. Movido por el frío y la urgencia se había puesto la
sotana y tomó rumbo a la playa.
Se sentía raro en
ese atuendo, nunca lo había usado antes, caminar era como hacerlo con un
vestido de mujer. A pesar de estas reflexiones interiores, se dirigió a la
playa porque las primeras formas de los barcos se empezaban a dibujar en la
bruma del horizonte. Caminaba a paso lento, dudando, lleno de cavilaciones,
tratando de repasar las reflexiones que lo habían llevado a 700 km de su casa.
La figura
corpulenta era también un hombre, Elio Nazar su nombre, era de una naturaleza
totalmente distinta a la del Padre Fabian, se trataba de un camionero de
Claromecó, padre de tres varones y conductor de una unidad de la empresa Los
Faisanes desde hacía unos 22 años. Ya bien entrado en kilos y pasados los 50
años, vestía la ropa negra oscura y sin colores de su oficio, tapaba una
prominente barriga con una remera enarbolando un músico nacional del rock
profundo. En sus manos llevaba un fusil, era aficionado a la caza del “chancho
jabalí” y estaba preparado a todo. Hablaba y fumaba ampulosamente al lado del
Padre Fabian.
-
Usted
Padre, haga sus cosas, que yo me ocupo de defendernos de estos visitantes…-
- No sé
si hace falta, mejor sería que vuelva a su casa –
- Acá
no hay casa, no hay familia, nada, solo quedamos usted y yo y esos que vienen
en los barcos. Yo voy a estar al lado de usted hasta el final, me importa una
m… que todos los maricones estos de los políticos se hayan borrado. ¡Acá hay
que defender a la patria! ¡Acá queda un argentino! –
Don Elio era un
torrente de agitación, palabras y humo de cigarrillo, mientras hablaba se
encargaba de preparar cargadores y municiones de calibre 30 06 para el rifle.
El contraste no podía ser mayor con la frágil figura del Padre Fabian que a su
lado parecía una caña movida por el viento, que lo único que, solo atinaba a
tomar en su mano izquierda una pequeña cruz sin Cristo y a reflexionar
profundamente en lo que estaba pasando.
Los barcos
estaban cada vez más cerca, se empezaban a distinguir sobre las cubiertas
algunas formas humanas y pinchos con forma de flecha en manos de algunos de los
visitantes.
-
Mire
Padre, esos hijos de p… están armados, ¡Vienen preparados! ¡Hay que detenerlos
a esos maulas, tanto que los mandaba Unicef como refugiados, resultaron un
malón de gente mala al grito de “huinca matando”!.. -
La catarata de
improperios era interminable, mientras articulaba sus ideas Don Elio tiró un
tiro al aire de advertencia. Desde el primer barco, el B642-Unidas, le
respondió una pequeña cantidad de flechas de arcos bosquimanos que apenas logró
clavar alguna en la arena.
Lo último que
hubiese podido testimoniar un observador imparcial hubiese sido la marea de
gente bajando de los barcos mal encallados, algunos de ellos escorando y
tomando agua entre las olas. Esa marea informe, caótica y voraz se hendía en el
medio donde un sacerdote mal vestido con una sotana que no era de su talle,
bendecía y bautizaba con palabras dulces a rostros sin expresión que lo miraban
un segundo con asombro, para luego perderse en la avalancha. A su lado un
energúmeno gigante, profiriendo epítetos de todo color, disparaba un arma sin
control abatiendo a aquellos que trataban de matar al sacerdote.
La marea de
Claromecó había tocado tierra, nadie recuerda hoy a Don Elio y al Padre Fabian.