Hace unos fines de semana estuvimos de retiro, un retiro de gente de fe dirigido por tres sacerdotes muy simpáticos y piadosos. Una de las charlas fue acerca de la devoción a la Divina Misericordia, y caló hondo tanto en espíritus sensibles a las inspiraciones divinas como en mentes calculadoras y frías con apetito intelectual. Yo tuve una corrección, una enmienda en mi manera ingenua de entenderlo todo.
En mis polémicas con aborteros (a quienes también se podría llamar cultores del sacrificio humano), había llegado a la conclusión de que el problema dialéctico en torno a las realidades humanas gira especialmente en torno a la necesidad de Salvación. Vivimos en un mundo que vende normalidad, mientras trata de reinventarlo todo a golpes de progresismo estúpido y sin memoria; la única manera de que nuestros contemporáneos vuelvan la cara a la Verdad implica que primero reconozcan su pecado.
Yo felíz vivía en esa burbuja.
Era el eje de la discusión: si no entienden que necesitan salvación y se sienten omnipotentes ante las fuerzas del intelecto y miles de años de historia, solo es cuestión de hacerles ver la realidad o esperar que ellos mismos descubran que somos naturalezas caídas. Wait and see.
Esa es una mirada miope, es como esperar que el “felix culpa” resuelva todo sin hablar realmente de la inmensidad de la Redención que se repite en cada Misa cuando se inmola incruentamente el Sacrificio.
No todo puede ser tan simple, no hay una solución mágica y no tenemos una bala de plata argumental.