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Un fin de semana de sorpresa

El fin de semana vino con otro viaje de Avellaneda a Ataliva. 

El sábado Bárbara fue a Santa Fe a buscar a Santiago que dejó su trabajo y vuelve a Esperanza a estudiar veterinaria. Estuvimos los 7 juntos y ayer domingo los estudiantes Santiago y Tomás fueron a Esperanza donde tienen que hacer sus ingresos durante febrero.

La sorpresa fue un mensaje recibido por B que enviaba el ahora ex-jefe de Santiago. En un texto largo nos felicitaba por el desempeño de Santiago. Para ellos Santi fue un hallazgo, nosotros enviamos un adolescente y el mundo del trabajo lo transformó en un hombre. 


Santiago resultó ser todo lo que un jefe quiere: introvertido, pero con la palabra justa, siempre preocupado por aprender y mejorar, honesto y querido por todos (remarcó lo de todos), todo un ejemplo. Le agradeció el trabajo hecho, le pidió que vuelva con el título bajo el brazo y le agradeció el haber recuperado la fe en una juventud y un futuro que a veces parece perdido.

Los padres estábamos bien orgullosos y emocionados. A pesar de que intuíamos el potencial de Santi, no sabíamos del impacto que Santi había provocado en su vida de empresa, las recomendaciones que le habíamos dado era hacer siempre bien su trabajo y aprovechar la oportunidad, se ve que lo hizo al 100%.

Ahora se vienen unos años de estudio para volver al ruedo, la capacidad la tiene y el testimonio de este mensaje que recibimos el sábado va a tener un impacto en Tomás, que también inicia hoy sus primeros días de estudio.


Dando señales

Escribo poco porque el asunto espacio está complicado, yo desde acá adentro no tengo ni idea de como viene la mano con el arafue, pero si vamos a estar todos como estoy yo ahora en la panza de Mamá entonces el augurio es de roces continuos.

Me imagino a Papá¡, Mamá , Iné, el bebé de Inés, y todas las voces esas que escuché esta semana cuando viajamos a Buenos Aires (ni idea que es), todos metidos adentro de una bolsa de este tamaño y la verdad es que no me da muchas ganas.

No hay vuelta, estoy cada día más grande, pero la panza ya no crece o por lo menos no lo hace a mi ritmo. Debido a esta ineficiente gestión de requerimientos que hicieron los viejos, cada vez que me estiro, mi pié o mis manos dan contra la pared de mi habitáculo y empujan con fuerza, no me quiero imaginar lo que se ve de afuera.

A veces pasa también que estiro las gambas y chocan arriba contra unas cosas duras, es en ese momento en que escucho de afuera: "¡puffff! Tu hijo me está matando, me deja sin respiración, no veo la hora de que salga!"

Santiago