Misa en la Brigada y el cómico Platón
El domingo fui a misa de la Brigada con el Padre Ricardo y tocó una himilia muy excelente acerca de la Multipicación de los Panes. El padre nos invitó a reconocer el milagro obrado por Nuestro Seños como lo que es: no es "el milagro de compartir", es el milagro de darle de comer a 5000 personas con cinco panes y dos pescados. Además nos llamó a distinguir los milagros de Dios del Dios de los milagros. ¿A cuál estamos buscando?
A la tarde del domingo le correspondieron 10 km en 1:08 hs, durante los cuales seguí con la relegada audio escucha de La República de Platon, con dos párrafos notables. Primero el de la enfermedad de Asclepio, tan covidiana que causa gracia:
–No lo es tanto –repliqué– si recuerdas que la terapéutica «pedagógica» de las enfermedades, lo que hoy se llama yátrica, no estaba en uso entre los Asclepíadas, según dicen, antes de la época de Heródico. Pero este, que era profesor de gimnasia y perdió la salud, hizo una mixtura de gimnástica y medicina y comenzó por torturarse a sí mismo para seguir después torturando a muchos otros más.
–¿Cómo? –inquirió.
–Dándose –respondí– una muerte lenta. Porque, por no ser capaz, supongo yo, de sanar de su enfermedad, que era mortal, se dedicó a seguirla paso a paso y vivió durante toda su vida sin otra ocupación que su cuidado, sufriendo siempre ante la idea e salirse lo más mínimo de su dieta acostumbrada; y así consiguió llegar a la vejez muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia.
...
–Cuando está enfermo un carpintero –aclaré–, pide al médico que le dé a beber una pócima que le haga vomitar la enfermedad o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión. Y si se le va con prescripciones de un largo régimen, aconsejándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, en seguida sale diciendo que no tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder ocuparse del trabajo que le corresponde. Y luego manda a paseo al médico, se pone a hacer su vida corriente y, o se cura y vive en lo sucesivo atendiendo a sus cosas, o bien, si su cuerpo no puede soportar el mal, se muere y queda con ello libre de preocupaciones.
Y segundo aquello de los amores sensuales
–¿Y no es el verdadero amor un amor sensato y concertado de lo moderado y hermoso?
–Efectivamente –respondió.
–¿Entonces, no hay que mezclar con el verdadero amor nada relacionado con la locura o incontinencia?
–No hay que mezclarlo.
–¿No se debe, pues, mezclar con él el placer de que hablábamos, ni debe intervenir para nada en las relaciones entre amante y amado que amen y sean amados como es debido?
–No, por Zeus –convino–, no se debe mezclar, ¡oh, Sócrates!
–Por consiguiente, tendrás, según parece, que dar al Estado que estamos fundando una ley que prohíba que el amante bese al amado, esté con él y le toque sino como a un hijo, con fines honorables y previo su consentimiento, y prescriba que, en general, sus relaciones con aquel por quien se afane sean tales que no den jamás lugar a creer que han llegado a extremos mayores que los citados. Y, si no, habrá de sufrir que se le moteje de ineducado y grosero.
Me parece que hay muchos a los cuales les vendría bien un poco más de Platon y otro poco menos de Gran Hermano.

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